Echada para adelante.

No soy una súper mujer, ni tengo nada aplaudible ni extraordinario.

Es más ni siquiera he logrado juntar el dinero para comprarme un par de senos y aumentar mi autoestima delantera.

Estudie porque tenía que hacerlo, trabajo para pagar las rentas, atiendo mi casa y a mis hijos como parte del deber y debo aceptarlo muchas veces sin querer.

Me han puesto el nombre de “luchona” “Mamá luchona” lo cual me irrita al grado de imaginarme con una máscara de El santo y capa de Blue Demon, mientras intento descifrar si es por admiración o burla.

Me tachan de “chingona”, pero no es comparable ni aceptable frente al papel de esposa respetable.

Hablan de empoderamiento femenino mientras en el trabajo me siguen tratando como histérica, mis compañeras prefieren servirle café a un jefe que sacarle una copia a una jefa.

No quiero cambiar las ideas de otras, no porque no tenga claras las mías, por falta de tiempo, interés o porque me falten pantalones para levantárme la blusa y quitarme el brasier. No lo hago porque no tengo el derecho de exigir que otras sean exactamente lo que yo he decidido ser.

Me siento libre de pensamiento y acción pero hay tanta sensibilidad que mientras escribo esto estoy temiendo no ser lo suficientemente sutil para no verme agresiva. Pero cómo los miedos hay que enfrentarlos continuaré mi relato feminista.

En fin, como muchas mujeres soy fuerte porque un día caí.

Fue una noche oscura cuando al dar la vuelta mis tacones se enredaron con el caucho dejándome suspendida en el aire haciéndome soltar los tacos que llevaba para la cena, entonces abrí desesperadamente mis brazos hacia el frente, extendí mis manos y asi como si las fuerzas ancestrales me sostuvieran quede echada de manos frente al suelo.

El episodio me dio una gran lección sin duda soy una mujer muy muy “echada para adelante”.




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